JORNADA
Promulgar Ley que no se supo consensuar, ocasiona resistencia civil

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Ronald Torres Armas
viernes 5, enero 2018

Como personaje antisistema, Morales al acceder al poder institucional hizo dos cosas: después de 12 años no admite el sentido de los límites impuestos por la democracia liberal y no se ajustó a ellos en su tarea de servicio público. Y la otra: como no la alcanzo, se obstina en dogmatismos inviables, privilegia la oportunidad a la idoneidad, el clientelismo a la aptitud.

La reforma del código penal, último escándalo, pertenece a este segundo orden de errores y evidencia la inmadurez de un equipo de Gobierno al que el poder le llegó mucho antes de estar preparado para ejercerlo; la consecuencia previsible de la decisión del Presidente de promulgar, una vez más, leyes sin deliberación, sin debate ni consenso, son las protestas que se instalan en la lógica política que invita a supeditar los principios éticos médicos a la estrategia.

La inestabilidad política y polarización no son efectos de los actos de la oposición o de una confabulación, es la reacción de todo el pueblo a un manejo político arbitrario causado por un régimen en sorprendente soberbia. El cuestionamiento jurídico y el de su legitimidad es ya amplio, tanto en lo interno como internacionalmente porque la supedita la teoría política a la utilidad, a la discrecionalidad, a la sinrazón de las políticas públicas, manifestadoras de obsesiones ideológicas, como aquella de "que la democracia es votar y no gestionar y de que el ejercicio del poder abusivo se justifica por sí mismo, de que no se admite libre pensadores". Para gobernar no es suficiente mayorías sino mayorías a quienes se debe atender con políticas de Estado, mayorías en lo posible con capital académico y saber técnico, pero el Presidente prefiere el empecinamiento en sus posiciones de ruptura de la Constitución e incumplimiento a la palabra empeñada.

La forma de gobernar del actual esquema partidista no permite abrigar ninguna expectativa de mejora esperanzadora y la realidad que vivimos induce a la inevitable irrupción del principio de realidad que Morales no toma en cuenta: No es el Estado ni el Gobierno quienes tienen el poder político real. El único de los poderes del Estado que está determinado, que es el único capacitado y el único resuelto a que se produzca un despertar reivindicativo, es el pueblo. Ese es el principio de realidad que se hace presente cuando se trata de orientar a un gobernante que desafía al juez Supremo, al Soberano mandante. Se produce entonces el apocalipsis, la contradicción de quien en su día prometió no dar un paso atrás y que ahora no da ni un paso adelante.

Los ciudadanos, hastiados, reconocen la valentía y resolución de los médicos, como el punto de inflexión que permitirá contra restar el despotismo de la nueva oligarquía que confunde partido con el Estado. El pueblo desilusionado grita: "basta ya, democracia si dictadura no".

Opinión
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