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Martes 20, febrero 2018
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Los excesos desde el poder

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Guido Pizarroso Durán
viernes 2, febrero 2018

Tomando como base que la política es una actividad humana, es necesario reconocer que está regida por la moral y la ética, principios que regulan la conducta de las personas. La ética política tiene que orientar el proceso para acceder al poder, y regular su ejercicio. El filósofo griego Sócrates, postulaba que el problema moral es también político, porque el hombre llamado a cumplir un mandato sólo podrá hacerlo si sus acciones están apegadas a la moral, responsabilidad y honestidad. El respeto al ordenamiento legal, es un mandato normativo y también ético.

En un anterior artículo señalábamos que el poder puede producir riqueza, construir y generar los más altos valores pero también puede envilecer, emborrachar y conducir a la destrucción, según como se lo administre, controle y fiscalice. Algo de esto está ocurriendo en nuestro país con el desconocimiento de las reglas del juego democrático enmarcadas en las leyes y la Constitución Política del Estado. El poder es adictivo y quien lo ejerce, difícilmente se resigna a perderlo.

El concepto del poder es definido por el diccionario como la facultad de decidir, determinar y hacer. Poder es autoridad, dominio sobre algo, tener el control, ejercer fuerza, y lograr capacidad de concierto. Es la diferencia entre hacer algo y dejar pasar. Es también la capacidad para saber aprovechar el momento y las oportunidades tomando decisiones correctas. Pero fundamentalmente, es autoridad, pues de ella dimana la legitimidad del poder que nace en la voluntad de las mayorías para conceder a alguien, -mediante el voto, las normas y procedimientos- esa autoridad que implica obediencia voluntaria, en un marco de reglas contenidas en los cuerpos legales y muy particularmente en la Constitución Política del Estado.

Lamentablemente, nuevamente el ordenamiento jurídico está siendo degradado por quienes tiene el deber de cumplirlo, respetarlo y hacer que se lo honre, haciendo mal uso del poder fáctico para trastrocar las leyes y la voluntad ciudadana. Por eso dijimos que el poder emborracha, especialmente a quienes tienen el privilegio de tener el control o la facultad para hacer algo, desembocando en soberbia y autoritarismo.

Con mayor razón duele e irrita una situación en la que las transgresiones vienen de quienes llegaron al poder por voluntad del pueblo, y sobre la base jurídica vigente. El abuso o mal ejercicio del poder, desvirtúa su legitimidad que nace de la voluntad popular. El ejercicio del poder requiere de una cabal comprensión de lo que es la democracia y las libertades. La libertad implica tener opciones, alternativas para poder elegir un destino.

Cuando un poder impone su voluntad y no ofrece alternativas ni la posibilidad a otras salidas, desparece ese concepto esencial de la libertad y se consuma la transferencia del poder de quien la ostenta a quien la detenta. Mayor responsabilidad para los gobernantes que, habiendo merecido la confianza ciudadana, la defraudan desconociendo la ley y la CPE. La deslealtad con los principios democráticos incuba un problema de credibilidad colectiva, una crisis de confianza. Por ello es que el pueblo ya no cree en los políticos, no cree en la Asamblea Legislativa, desconfía del gobierno, de la justicia, de la policía y de las instituciones fundamentales. Violar las pautas enmarcadas en las normas legales deviene en perder la legitimidad.

Opinión
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