Celebraciones por los muertos culmina con culto a las “ñatitas”

APG

Las celebraciones en conmemoración de los muertos en Bolivia, que comenzaron el pasado 1 de noviembre, acaban con una peculiar fiesta dedicada a las “ñatitas”, calaveras humanas a las que se les atribuyen capacidades protectoras.

Al igual que las misas que se celebran a los ocho días del fallecimiento de una persona, la fecha elegida para la fiesta de las “ñatitas” es el 8 de noviembre, una semana después de la celebración de Todos los Santos y el Día de los Difuntos.

Los devotos de estas calaveras se vuelcan a los cementerios para rendir culto a las llamadas “ñatitas” porque no tienen nariz, en una tradición muy arraigada en ciudades bolivianas como La Paz y su vecina El Alto.

Uno de los camposantos más concurridos es el Cementerio General, situado en la populosa zona paceña Garita de Lima, en el noroeste de la ciudad.

Hasta allí llegaron miles de devotos con sus “ñatitas”, algunas en ostentosas urnas de cristal y madera y otras en modestas cajas de cartón o en bolsas, pero todas adornadas con sus mejores galas, desde sombreros y gorros de todo tipo hasta cadenas o gafas de sol.

“Martín”, “Cirilo”, “Rosita”, “Capitán Jordán”, “Pancho” y “María René” son algunos de los nombres que se leen en sendos letreros que identifican a las calaveras.

Los dueños de las “ñatitas” se apostaron en distintos lugares del cementerio para exponerlas, aguardando a que algún devoto se aproxime a ellas para prenderles velas, agasajarlas con coronas o pétalos de flores e incluso hacerles fumar cigarrillos, ofrecerles bebidas o contratar grupos musicales para que les canten.

Las “ñatitas” llegan a manos de sus propietarios de distintas formas y quienes las acogen lo hacen por motivaciones tan variadas como obtener favores, pedirles protección para su hogar o negocio, tener buena salud o éxito en los estudios.

La comerciante Genoveva Rada tiene consigo desde hace más de 30 años a “Paulina Yupanqui”, el obsequio de una pareja que le prometió que esta “ñatita” sería “la que le va a cuidar”.

“Desde entonces la tengo, está conmigo y me sigue acompañando. Me cuida y cuida también mi casa”, dijo Rada a Efe.

“Es una compañera más para mí en la casa. Yo la tengo muchos años, siempre está a mi lado y hoy que es su día la he traído (al cementerio)”, indicó.

Tener una “ñatita” en casa implica una serie de atenciones y cuidado especiales, como estar pendiente de ponerle velas cada cierto tiempo y, en el caso de “Paulina Yupanqui”, que no le falten flores porque eso es lo que más le gusta, según Rada.

“Pienso que le gustan más las flores porque nunca se le ha pedido cosas malas. A veces viene la gente y me pide que les preste por un día. Yo no la presto porque a veces las llevan con fines de hacer daño a la gente, pero yo no”, explicó la comerciante.

Otra devota de las “ñatitas”, Esperanza Mendoza, llega a La Paz desde la ciudad vecina de El Alto todos los años con “Carlitos”, un cráneo de un familiar suyo que “es un alma bendita que en paz descansa” y es “bien milagroso”.

Mendoza, que es guía espiritual, declaró a Efe que suelen buscarles personas con problemas económicos o judiciales y “Carlitos” arregla “todas las situaciones”, porque “le tienen fe espiritualmente”.

Lo primero que se debe hacer para tener una “ñatita” es cuidarla con mucho respeto, según Mendoza, y lo segundo es tratarle “bien, ponerle flores y velas”.

“Y nos acompaña, la casa cuida también y no nos pasa nada, especialmente a mí no me pasa nada”, aseguró.

El origen de esta tradición es incierto, si bien la creencia mayoritaria es que data de la época precolombina.

La Iglesia católica rechaza el culto a las calaveras pese a que miles de personas insisten en llevarlas al templo del cementerio en las urnas para que sean bendecidas por el párroco.

Los encargados del templo se limitaron a dejar barriles con agua bendita en las puertas de la capilla para que cada quien le eche bendiciones a sus calaveras y, pese a los reclamos, no hubo misa.

Tras los rituales en el camposanto, algunas familias suelen salir en procesión hacia sus casas o a salones contratados para hacer fiestas con abundante comida, bebida y música.