El cambio de Canciller

Es atribución privativa del Presidente del Estado la designación de los ministros, y especialmente del Canciller, que debe instrumentar la política exterior del país, diseñada desde el Ejecutivo. En esa línea, sorpresivamente, fue cambiado el Ministro de Relaciones Exteriores, Fernando Huanacuni, después de un año y siete meses de funciones. Su gestión tuvo muchas observaciones como también arrastró rémoras dejadas por su antecesor, David Choquehuanca. El principal déficit del servicio exterior radica en que hasta ahora no ha podido ser preservado de la improvisación, la militancia partidista y el nepotismo. El canciller saliente, a tiempo de entregar el despacho al nuevo ministro, decía que él no era comunista. Tendrá razones para efectuar esa aclaración.

El presidente Evo Morales ha designado como nuevo Canciller al que fuera Embajador ante la OEA, Diego Pary, quien en su desempeño no alcanzó a desarrollar, precisamente, muy afortunadas intervenciones. La política exterior de un país como el nuestro, requiere contar con factores que refuercen la imagen del país cualitativamente, buscando aprovechar las múltiples ventajas de una amistosa y cooperativa relación con la comunidad internacional.

Desgraciadamente, una serie de situaciones complejas enredan las relaciones de nuestro país con otras naciones tanto vecinas como de otras latitudes. El dogmatismo con posiciones ideológicas que se pretende imponer, el irrespeto por la soberanía y normas legales de otras naciones, y la intrusión en asuntos que no competen a Bolivia, han dejado maltrechas las relaciones con varios países con los que necesitamos tener buenas relaciones, tanto en el ámbito regional como de otros continentes. Esta situación ensombrece el futuro que requiere de amigos en todo el planeta, pero especialmente en el entorno regional.

Ningún país puede operar aislado ni entrar en un ostracismo por no compartir las ideas, ideología y voluntades populares que las coyunturas democráticas definen como decisiones soberanas. La diplomacia es la columna vertebral de los vínculos entre los Estados, no solamente para mantener buenas relaciones, sino para alcanzar objetivos concretos de desarrollo, bienestar, consolidar la paz y la armonía, y lograr el aprovechamiento oportuno de la cooperación.

Existe un conjunto de acuerdos, reglas y métodos que permiten a un Estado instrumentar sus relaciones con otros sujetos del derecho como son las naciones y los organismos internacionales, con el doble objetivo de promover la paz y cultivar una mentalidad universal fomentando la cooperación de ida y vuelta en los más diversos campos.

Así como la diplomacia puede ser un factor decisivo para el logro de metas, como advertimos en un comentario anterior, la improvisación o imprudencia pueden crear un ambiente hostil, en algunos casos, y deteriorar las relaciones; perjudicar objetivos y alterar el ritmo natural de los negocios internacionales que son casi siempre parte vinculante de una armoniosa relación.

Lamentablemente, Bolivia, con honrosas excepciones, no se ha caracterizado por tener un servicio exterior profesional. La politiquería ha hecho del servicio exterior un botín de puestos públicos. La política exterior de un país debe responder a objetivos concretos en el que el interés nacional enmarque tanto la coyuntura como las secuencias históricas. En ese entendido, las relaciones internacionales adquieren cada vez mayor complejidad. Lamentablemente, en nuestro país las presiones han sido demasiado fuertes para la labor del Ministerio de Relaciones Exteriores, que se ha inclinado ante el peso de las tentaciones por anteponer posiciones ideológicas y sectarias sobre el interés nacional o inclusive contraviniendo al elemental sentido común. La palabra e imagen de Bolivia se ven perjudicados internacionalmente debido a indiscreciones y ligerezas que se producen con mucha frecuencia.

Por la cercanía, Bolivia, necesita de Brasil, Argentina, Perú, Uruguay y Paraguay tanto como esos países puedan requerir como contraparte, ya que en toda relación existe una balanza de ida y vuelta, que cual péndulo de equidad utiliza la solidaridad, los principios de buena vecindad, el respeto mutuo, y la comprensión como factores de equilibrio.

Mantener buenas relaciones con toda la comunidad internacional, especialmente con los vecinos, es posible si se asimilan los principios universales que se dirigen a respetar las ideas ajenas, la ideología o posición política, ya que esos cánones constituyen la columna vertebral sobre la que se asientan la armonía y la concordia.