El pueblo sabe discernir

Con mucha anticipación el país se introdujo en las campañas electorales y el ciudadano es sometido a una propaganda abrumadora especialmente por los medios de comunicación del Estado y las redes sociales. Lamentablemente, en el accionar político se emplean recursos carentes de bases éticas con permanentes descalificaciones al oponente. La falsedad y la exageración son manoseadas sin escrúpulos y muchas veces se llega hasta a las amenazas con tal de ganar espacios, evitando que los oponentes lleguen a territorios donde los ciudadanos parecen cautivos de la intolerancia.

Opositores y oficialistas están empeñados en una guerra sucia empantanada con las agresiones verbales que solamente pretenden mostrar las peores imágenes de ofensores y ofendidos, en lugar de efectuar planteamientos y alternativas para la solución de los problemas nacionales. Un vacío absoluto de propuestas impide distinguir la calidad de la inconsistencia en un ambiente en el que lo prematuro no es excusa a la falta de ideas e iniciativas.

Daría la impresión de que se considera que la ciudadanía carece de capacidad para discernir sobre lo bueno y lo malo, o aquello que es verdad y o lo que es falso. Parece también que los políticos creen que se puede impunemente esconder la realidad.

El pueblo no es tonto y siempre tiene cuerdas bien templadas que son su voluntad y decisión. Puede soltar esas cuerdas algún tiempo, puede esperar respuestas otro lapso, pero en algún momento se tensará tanto que los desenlaces serán imprevisibles.

La ciudadanía se da cuenta del engaño y tolera hasta cierto grado el cálculo político y hasta puede dibujar una sonrisa frente a una constante que se traduce en cambiar el concepto de la verdad, evitar la transparencia, y esconder las verdaderas intenciones con discursos y arengas. Pero todo tiene un límite.

El significado de la palabra verdad abarca desde la honestidad, la buena fe y la sinceridad; la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o piensa. El ciudadano percibe el engaño y se da perfecta cuenta que algo no está de acuerdo con las cosas, los hechos y la realidad. El término verdad no tiene una definición única en la que estén de acuerdo la mayoría de estudiosos, pero sí tiene una columna vertebral que es la honestidad. La mayoría de los analistas coincide en que lo “verdadero” es lo que permanece, lo inmutable, lo que siempre es de la misma manera.

Pero en la política criolla boliviana, la verdad ha sido siempre degradada, manoseada y convertida en un eufemismo de la apariencia, y más aún en la relación de los diferentes factores que intervienen en la política nacional, donde la verdad ha sido la víctima propicia para el engaño. La mentira o las verdades a medias perturban la claridad que requiere el país, y que es indispensable para la búsqueda de un destino de esperanza, de realidades, y de metas posibles. El pueblo sabe discernir los contenidos de fondo, de la hojarasca con la que se pretende engañar a la gente.