Necesidad de implementar sistemas productivos resilientes

Carmelo Peralta Rivero

Bolivia desde el 2007 está catalogado como uno de los diez países más vulnerables al cambio climático y sus efectos adversos son cada vez más persistentes en las diferentes ecorregiones del país causando desde sequías en la región Chaco, Altiplano y Valles, hasta inundaciones en las tierras bajas. Algunos de los eventos más extremos ocurridos en los últimos años fueron las inundaciones del 2013-2014 en la Amazonía y en menor intensidad la del 2017-2018 sobre todo en el sur del país; la sequía del 2014 catalogada como la más fuerte de los últimos 50 años, seguida por la del periodo 2015-2016 y 2017 para varias regiones.

Estos eventos causaron pérdidas de miles de hectáreas y toneladas de producción agrícola, pecuaria y forestal en el país afectando a miles de productores campesinos indígenas y otros actores del rubro. Se estima que entre octubre 2013 y mayo 2014 las pérdidas ascendieron a 120.272 hectáreas de cultivos agrícolas con un valor bruto de producción agrícola perdido que alcanza Bs 689,5 millones. Para el sector pecuario las pérdidas fueron de Bs 359.4 millones, Bs 6.6 millones para el sector forestal maderero y 27,4 millones para el sector castañero. Tan solo en 2017 la superficie afectada fue de 207.000 hectáreas y al menos 277.000 cabezas de ganado lo que se tradujo en una pérdida de Bs 3.455 millones para el sector de producción de alimentos.

Pese a los impactos negativos en algunas regiones, varios sistemas productivos mostraron su capacidad de resiliencia a los efectos adversos del cambio climático, y otros en cambio desaparecieron o de alguna manera se recuperan muy lentamente. Pero ¿qué entendemos por resiliencia?, ¿cuáles son esos sistemas productivos resilientes? ¿en cuales regiones de Bolivia se consolidan sistemas productivos resilientes?

Una reciente investigación del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) se definió resiliencia como la capacidad de un individuo, de una familia, de una población o de un sistema a absorber y recuperarse del impacto de los choques y estresores por el cambio climático, a adaptarse al cambio y a transformarse potencialmente, sin comprometer, y posiblemente mejorar, sus perspectivas a largo plazo.

Asimismo, para plantear sistemas alternativos, el estudio evaluó la resiliencia cualitativa y cuantitativamente según sus capacidades de absorción, adaptación y transformación, información que se plasmó en indicadores e índices de resiliencia con valores muy bajo (0) a excelente (1). Esto permitió realizar una comparación entre sistemas productivos a escala de Unidades Productivas Agropecuaria (UPA) con sistemas agroforestales en la región amazónica (municipio Puerto Gonzalo Moreno); UPA con agricultura bajo riego en los valles altos (Anzaldo); y UPA con ganadería semi-intensiva en el chaco boliviano (Charagua Iyambae) promovidos por el CIPCA bajo su Propuesta Económica Productiva, igualmente, se evaluó la capacidad de resiliencia de sistemas productivos convencionales en esas mismas zonas.

Los resultados muestran que los índices globales de resiliencia obtenidos para cada uno de los sistemas agrícolas revelan que las UPA evaluadas que implementan tecnologías agroecológicas son significativamente más resilientes que los que no integran estas tecnologías: UPA con sistemas ganaderos semi intensivos (0,72) frente a UPA con sistemas ganaderos extensivos (0,48); UPA con sistemas agricultura bajo riego (0,71), frente a UPA con sistemas agricultura a secano (0,49); UPA con sistemas agroforestales (0,69) frente a sistemas convencionales (0,47). En sí, los sistemas productivos implementados por familias campesinas indígenas con enfoque agroecológico demuestran tener mayor capacidad de resiliencia ante efectos adversos del cambio climático hasta un 24% más en relación a sistemas productivos convencionales. Para lograr esta capacidad las familias campesinas indígenas tuvieron que trabajar por varios años y no bajo el inmediatismo que generalmente muchos proyectos productivos persiguen obteniendo resultados poco eficientes. También, se evidenció que estos sistemas productivos contribuyen mejor a la seguridad alimentaria y que las personas tienen acceso material, económico y alimentos nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias.

Una vez demostrada la capacidad y aporte de estos sistemas en términos de resiliencia se recomienda promover e incorporar este tipo de modelos agroecológicos sustentables a través de políticas públicas. Si tomamos en cuenta que en el país existen al menos 872.676 UPA (INE, 2015) de las cuales 507.243 (58,9%) son pequeñas UPA entre 0,01 a 4,99 hectáreas, la producción familiar podría verse muy afectada por los efectos adversos del cambio climático si no se toman acciones de mitigación y adaptación. Asimismo, hay que tener en cuenta que aún el 89% de los municipios en Bolivia presentan grados de vulnerabilidad a la inseguridad alimentaria por lo que habrá que realizar los esfuerzos correspondientes para mejorar las condiciones de vida de familias productoras, más aún cuando más del 80% de la superficie agrícola en el país es a secano, lo que quiere decir que la producción es muy dependiente de las condiciones de lluvias y otros factores climáticos.