Pausa en las animosidades

Está concluyendo la última semana del año, en la que asomó un atisbo de paz y concordia en todo nivel, aunque sin desaparecer las amarguras que deja en el mundo el abuso del poder, la intolerancia y las animosidades que buscan enemigos donde no los hay, o rebuscan revanchas por ofensas que muchas veces nacen en la incomprensión.

La inspiración navideña ha logrado abrirse camino en un ambiente mundial de intolerancia, indiferencia frente al sufrimiento y una marcada preferencia por las suntuosidades antes que por las necesidades reales. Estos extremos pueden verse por doquier, y en nuestro país los ejemplos son muchos. Nada ha podido opacar los festejos ostentosos de quienes tienen mucho, en contraste con el paso casi inadvertido de los que sufren privaciones. Con todo, esta festividad ha tenido como siempre, un mágico encanto para todos por igual, que por lo menos en un instante, permite que afloren los mejores sentimientos y deseos.

Pero aunque fugases, son estos sentimientos que mueven a la humanidad los que han logrado apaciguar los ánimos exaltados, y han hecho posible la supervivencia, pese a lo odios políticos, raciales, religiosos, culturales y geográficos que separan a los pueblos. La modernidad ha hecho más fácil comunicarse, pero prevalecen los sentimientos encontrados. Hoy dos personas pueden hablar desde La Paz a Pekín, París o Nueva York, y hacerlo inclusive por videoconferencias múltiples entre muchas personas y desde diversos lugares simultáneamente. Pero la incomunicación continúa y las desavenencias prevalecen.

Paralelamente en estas fechas las líneas telefónicas y las redes sociales casi colapsan con tantos mensajes de amistad y fraternidad. Sin duda es una época especial de acercamiento compartida con los amigos y la familia, pero pese a la facilidad de estos recursos no puede ocultarse que se reducen a intentos artificiales para reforzar los vínculos, casi por compromiso. Pero también esta es una época propicia para el reencuentro con nosotros mismos, con la Divinidad y con los demás.

Es momento en que una corriente extraña conmueve a la gente dejando fluir libremente el afecto, la comprensión y la tolerancia. Lamentablemente, muchas veces estas emociones se ofuscan con la algarabía y en lugar de hacer salir sentimientos hacia los demás desde lo más profundo del ser, se apela a las frases hechas, que dicen poco y que por todos son reconocidas por su sentido protocolar. «Felicidades», «que se cumplan todos tus deseos», etc. son mensajes que, al repetirse año tras año, dejan de tener el significado de las palabras para convertirse en actitudes por compromiso.

Pero si se recuerda y toma en cuenta el verdadero significado que estas fechas encierran, con la Navidad y la proximidad del nuevo año, entonces un buen deseo, un abrazo, un beso se convierten en testimonios de amor, de sinceridad y, fundamentalmente, de compromiso.

Pero el dejar atrás una gestión y conformarse con las esperanzas que promete el nuevo año, no pueden hacer olvidar el pasado. La experiencia vivida mes tras mes, día a día han legado una historia y una vivencia de situaciones que marcan la vida personal y colectiva. Lo que ha ocurrido durante el año tiene que servir para enmendar errores y fortalecer los aciertos, pero fundamentalmente, para comprender los hechos en su justa dimensión y proyectarlos al futuro.