Unas gotas de sangre riegan la Madre Tierra en el rito milenario del tinku

EFE

Puñetazo a puñetazo, unas gotas de sangre riegan la Pachamama, la Madre Tierra, en una de las tradiciones milenarias más singulares de Bolivia, el tinku o encuentro de Macha.

«Un poquito de sangre para satisfacción de la Pachamama», comenta a Efe Pastor Campos, técnico de Turismo en el municipio de Colquechaca, al que pertenece la pequeña localidad de San Pedro de Macha.

El día más turístico en el pueblo fue ayer sábado, para presenciar una tradición que se remonta a antes de los incas, con algo de sincretismo con la religión católica, que la hizo coincidir con la fiesta de la Cruz.

«No es necesario que haya personas muertas», advierte Campos, en las peleas a puro golpe en que desemboca la fiesta, que hace tiempo que ya no son trágicas.

Aunque se celebra en todo el norte de la región boliviana de Potosí, Macha, como se conoce popularmente al pueblo, es la capital del tinku, que significa encuentro en quechua.

El experto turístico destacó que además del encuentro entre las comunidades de la zona, esta tradición es igualmente una chaca, que quiere decir puente, porque representa el paso de la época húmeda a la seca en esta tierra de campesinos.

Algunos se encomiendan a primera hora de la mañana a la cruz en la iglesia junto a la plaza del pueblo, donde poco después van llegando los ayllus, las comunidades originarias de la zona para su encuentro ritual.

Entran en grupos a la carrera en la plaza, golpeando los pies en el suelo polvoriento, con un sonido al unísono que avisa de su llegada al resto.

Con cánticos en quechua, forman un círculo, hombres, mujeres y niños de todas las edades, con sus vistosos trajes para la ceremonia, ellos con un casco de cuero que recuerda al de los españoles en época colonial y ellas con un sombrero de lana de oveja, en ambos casos con plumas de ñandú.

Monteras, pañoletas, vistosas chaquetas de colores, polainas y botas, entre otros complementos, adornan su ritual al ritmo de pinquillo, una flauta andina, y charango, una pequeña guitarra.

Los grupos recorren la plaza, de la que entran y salen corriendo, organizados, y después de una procesión y bendición de varias cruces adornadas con símbolos de su cultura, las carreras son más intensas y alborotadas.

La Policía emplea las primeras dosis de gas pimienta, que obliga a toser y taparse la nariz mientras muchos de alejan un poco entre el tumulto.

Pero al final el encuentro se materializa hasta el punto de que empiezan las peleas a puñetazos, uno a uno entre miembros de distintos ayllus que previamente se retan desafiantes, bajo supervisión de mujeres con una especie de pequeño látigo y sobre todo de la Policía Boliviana.

Pese a los golpes, con algunas gotas de sangre en agradecimiento a la Madre Tierra, la mayoría se dan la mano antes y después de la pelea, en un círculo rodeados de curiosos y policías.

Cumplen la tradición en una pelea que no trata de derribar al rival, que se hace parar tras un rápido intercambio de golpes, ya que se trata de rememorar un encuentro entre comunidades originarias que se mantiene con el paso de los tiempos.